Tratamientos de suelos

Tratamientos de suelos

Entre la construcción de los primeros caminos hechos por el ser humano hasta nuestra actualidad han pasado más de 4.000 años… y tras la creación de los pavimentos, la segunda preocupación más importante fue cómo tratar de mantenerlos de la mejor manera posible.

Tan importante es el suelo como el  uso que se le da, o los métodos de limpieza y tratamiento aplicados sobre él. La rentabilidad de nuestros suelos y su vida útil va firmemente unida a la calidad de los productos usados y su idoneidad, siendo más adecuados aquellos productos de aplicación específica frente a los productos universales.

De manera sintetizada, el ciclo del tratamiento de suelos se estructura en tres etapas: limpieza, abrillantado y mantenimiento.

La elección óptima de los productos idóneos para cada tipo de operación, se debe definir utilizando un criterio diferente en cada caso.

Limpieza

Ante esta operación, debemos plantearnos varias preguntas que nos ayudarán a definir el mejor tratamiento:

¿Qué naturaleza posee el suelo? Para responder a esta pregunta se deberá conocer tanto la composición química: guijarros de piedra conglomerados con cemento (terrazo), arcillas, sílices y feldespatos (gres), derivados de maderas y resinas de melanina (laminados); como la porosidad del suelo: alta, media o baja.

¿A qué tipo de suciedad nos enfrentamos? Puede ser originada por diferentes tipologías: grasas vegetales, grasas minerales o residuos calcáreos. El grado de conocimiento de esta suciedad facilitará la operación de limpieza.

¿Qué método de limpieza debemos utilizar? De manera manual: usando la fregona o pasando la mopa. O bien de manera mecánica: con máquina rotativa, máquina fregadora, etc. Es importante escoger el  método más adecuado para cada tipo de suelo para que el impacto mecánico sobre el mismo sea mínimo, evitando así crear una porosidad extra.

Abrillantado

Del mismo modo que en el proceso de limpieza, hay que formular las siguientes preguntas:

¿Qué naturaleza posee el suelo? Se trata de la primera respuesta que hay que especificar inicialmente para poder realizar correctamente el tratamiento. Suelos de terrazo, suelos de mármol, suelos de madera… Un error en la definición del tipo de suelo puede acarrear daños irreparables sobre la superficie.

¿Qué método de aplicación se ha de utilizar? En este punto hay que tener en cuenta dos factores: el tipo de suelo y el tratamiento que se utilizará para el abrillantado para definir el uso mecánico o manual elegido.

Tomando como ejemplo un suelo de terrazo, se debería utilizar una máquina rotativa reduciendo en un primer momento la porosidad del suelo para darle una mayor protección y brillo.

¿Qué uso y tráfico va a tener el suelo? No hay que dar el mismo trato a todos los pavimentos, pues la frecuentación de público es un punto clave. No es lo mismo el suelo de una instalación deportiva, de un despacho o el hall de un hospital. Hay que tener en cuenta qué uso y qué tráfico va a tener. Existen zonas donde el deslizamiento debe ser nulo y el tráfico es intenso; otras donde el tráfico es bajo y el brillo debe ser alto. Cada supuesto debe tratarse de manera específica.

Mantenimiento

Para que esta operación alargue el correcto estado del suelo después de las dos operaciones previas, sólo hay que dar respuesta a una única pregunta:

¿Qué tipo de producto se ha utilizado para el abrillantado? Sea a través de la cristalización, del encerado o gracias a otro tipo de soluciones se ha conseguido un brillo adecuado para el uso y el tráfico del suelo. Una vez se han definido todos los pasos previos, sólo se han de seleccionar los productos adecuados para mantener las características del suelo durante el mayor tiempo posible.

Además existen otros dos factores que hay que tener en cuenta:

El coste: un factor determinante en la elección de los medios y de los productos a utilizar. Dentro del concepto del coste, han de considerarse dos componentes clave: el producto y la mano de obra. Se puede ilustrar esta situación con el siguiente ejemplo de cristalización: el producto siempre tiene un menor coste que una emulsión autobrillante, pero si tenemos en cuenta la mano de obra,  el cristalizado tiene un coste mayor, ya que el tiempo necesario para una correcta aplicación es mayor que en el caso de la emulsión.

El impacto medioambiental: la cada vez mayor concienciación al respecto, ha hecho que sean más las exigencias de este tipo, tanto en compras públicas como en privadas.